Hay que saltar de alegría de que llegue a los cines, y en IMAX, la nueva película “Resident Evil: Noche cero” bajo la mirada del aclamado director Zach Cregger. Después de “Barbarian” y “Weapons”, Cregger trae al canon cinematográfico de esta saga una versión fresca que recupera el espíritu del survival horror que en momentos te hace sentir que ahora verdaderamente estas dentro de un videojuego de “Resident Evil”.
La historia comienza siguiendo a Bryan Hodukavich (Austin Abrams), un mensajero de paquetes médicos para trasplantes y emergencias, quien entrega un órgano en su hielera habitual en un hospital mientras conversa con su novia sobre un resultado positivo en su prueba de embarazo. Mientras enfrenta la burocracia hospitalaria para obtener la firma de entrega y se apresura a casa para atender el asunto, le proponen una nueva entrega urgente que le pagará el doble de lo habitual.
Quizá para evadir a su novia o por el pago doble acepta realizar una entrega en medio de una noche invernal al Hospital General de la lejana Racoon City. Bryan no es el típico héroe de acción que suele protagonizar este tipo de historias: es vulnerable, inexperto y claramente incómodo frente a la violencia. Es un joven común y corriente.
Mientras conduce por una ruta nevada entre las montañas en la noche oscura y conversaba con Michelle sobre su embarazo inesperado, Bryan golpea por accidente a una mujer que atraviesa la carretera. Como era de esperarse, se baja del coche para ver el estado de la mujer. La encuentra extrañamente fuera del camino, cubierta de sangre y en una especie de shock. La sube al auto para llevarla al hospital, pero el sheriff local lo detiene por manejar sin cadenas en los neumáticos para la nieve. El sheriff escucha lo sucedido y acepta que vayan rápidamente al hospital para que la atiendan. No sin antes de que Bryan le pida se vaya en la patrulla con él ya que él no está capacitado para llevar a alguien herido.
Sin duda no espoilearé detalles para que lo disfruten tanto como yo, pero desde ese instante la película se asemeja a una partida de videojuego: cada sitio —un granero, una casa o un auto— implica un nuevo riesgo; cada objeto hallado puede volverse una herramienta de supervivencia, y cada encuentro obliga a Bryan a aprender con rapidez cómo enfrentar un entorno que no comprende. Su POV arranca aplausos del público al evocar escenas que parecen salidos directo del videojuego. Aun así, mantiene su propósito de entregar el paquete médico al hospital. La situación de Bryan se vuelve más compleja cuando el caos lo vincula con otros sobrevivientes del brote viral de Racoon City.
Un gran acierto de la dirección de Cregger consiste en comprender que “Resident Evil” funciona mejor cuando el miedo proviene de la vulnerabilidad como nos lo compartió en la Masterclass que impartió junto con Austin Abrams en la CDMX. Nos contó que su protagonista podría ser cualquiera de nosotros. Bryan no posee habilidades extraordinarias ni es miembro de las fuerzas armadas experto exterminando monstruos o zombies. Su transformación en nuestro héroe es progresiva y, por ello, particularmente creíble: aprende a improvisar, a utilizar armas y objetos del entorno y, sobre todo, a aceptar que sobrevivir significa tomar decisiones que antes habría considerado impensables.
Austin Abrams compartió que esa evolución la encontró alternando nerviosismo, desconcierto, humor involuntario y una creciente determinación por cumplir su misión de entregar el paquete, pero nunca el grado de convertirlo en un héroe convencional. Cregger dejó muy claro que Austin ES la película; sin él creando un personaje empático, la película no funcionaría, y además confesó que no tuvo duda de que él sería el protagonista desde el momento en que trabajaron en “Weapons”.
Algo que también sobresale es el diseño de fotografía de Dariusz Wolski que contribuye a crear una atmósfera escalofriante y a la vez cautivadora, ya sean los exteriores nevados, los interiores claustrofóbicos o las zonas devastadas de Raccoon City. Además el diseño de criaturas y los efectos especiales, bajo la visión de Shane Mahan, privilegian lo físico y grotesco sobre la dependencia absoluta de lo digital.
La forma en que Cregger equilibra el terror y el humor resulta llamativa. Junto con Shay Hatten, quien colabora en el guion, Cregger apuesta por el suspenso, el humor negro, el horror corporal y un diseño deliberadamente creado para una experiencia inmersiva. Los chistes no buscan convertir la cinta en parodia, sino ofrecer breves pausas antes de sumergir al espectador en la amenaza. El resultado mantiene el sentido del absurdo propio de “Resident Evil” sin anular la tensión. El propio Cregger señaló en la Masterclass que redujo varios chistes para preservar el tono de horror, una elección evidente en una obra donde el humor actúa como contrapunto y no como reemplazo del miedo.
En definitiva, “Resident Evil: Noche cero” es una reinvención enérgica, visualmente refinada y genuinamente entretenida que confirma que aún hay margen para transformar una franquicia tan familiar. Cregger logra captar la sensación de jugarlos videojuegos clásicos. Precisamente ahí radica su éxito y su atractivo.





