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“La guerra de los últimos” es un western postapocalíptico conmovedor que encuentra su mayor fuerza en el silencio. Entre acción, humor, emoción y una fotografía deslumbrante, son sus momentos de introspección los que revelan el verdadero corazón de la película.

“La guerra de los últimos”, la nueva película de ciencia ficción del aclamado director Ridley Scott, propone una historia posapocalíptica diferente a las demás. Mientras que las historias recientes…

Por Andrés Naime 28 de agosto de 20264 min de lectura
“La guerra de los últimos” es un western postapocalíptico conmovedor que encuentra su mayor fuerza en el silencio. Entre acción, humor, emoción y una fotografía deslumbrante, son sus momentos de introspección los que revelan el verdadero corazón de la película.

“La guerra de los últimos”, la nueva película de ciencia ficción del aclamado director Ridley Scott, propone una historia posapocalíptica diferente a las demás. Mientras que las historias recientes del género se han enfocado en hordas, criaturas extrañas, explosiones y un ritmo frenético, Scott adopta un enfoque más íntimo, explorando el apocalipsis a través del silencio. Esta adaptación del libro homónimo profundiza en temas de pérdida, memoria, supervivencia y la posibilidad de volver a confiar en alguien cuando la civilización se ha derrumbado. 

La cinta se centra en Hig (Jacob Elordi), un mecánico, piloto y viudo que ha sobrevivido a una pandemia que acabó con la mayor parte de la humanidad. Refugiado en un antiguo aeródromo de Erie, Colorado, Hig comparte su precaria existencia con Jasper, su inseparable perro pastor belga, y Bangley (Josh Brolin), un veterano militar endurecido por la tragedia y convencido de que la única manera de sobrevivir es desconfiar de todo aquel que se acerque. 

Mientras Hig realiza vuelos de reconocimiento y expediciones a la ciudad de Denver, que se está cerca del hangar, para conseguir alimentos y combustible, mantiene la esperanza de que existan otros supervivientes. Su conexión con el pasado, particularmente con el recuerdo de su esposa Melissa (Sai Bennett) hace que su supervivencia no sea simplemente física sino emocional… él necesita encontrar una razón para seguir viviendo.

Aunque el hangar es, gracias a ellos dos,  una fortaleza autosuficiente, protegida por armas, suministros y un perímetro defensivo. Hig, sin embargo, no consigue aceptar que aquel reducido mundo sea todo lo que queda. Todo cambia cuando Hig capta una misteriosa transmisión de radio del aeropuerto cercano de Grand Junction y que parece indicar la existencia de otros seres humanos y un ataque de personas desconocidas al aeródromo que termina de una manera desafortunada. Estos dos acontecimientos que le rompen el corazón hacen que tome la  abandonar la relativa seguridad del aeródromo e ir en busca de la transmisión del aeropuerto. 

El viaje, sin embargo, está plagado de amenazas cada vez más violentas: grupos armados, supervivientes que han adoptado la desconfianza como su forma de gobierno y comunidades que operan bajo reglas radicalmente diferentes. En el camino, Hig se encuentra con Cima (Margaret Qualley), una joven viuda, y su padre, Pops (Guy Pearce). Con ellos, establece una relación que se asemeja a una comunidad fuera de la que tiene únicamente con Bangley y sus vecinos menonitas del hangar. Un personaje inesperado es Darline (Allison Janney), cuya presencia no revelaré para preservar la sorpresa. El viaje de Hig transformará su percepción del mundo post-pandémico y su comprensión de cómo seguir viviendo en un mundo apocalíptico. 

Scott toma esta adaptación de la novela homónima de Peter Heller, con guion de Mark L. Smith y Christopher Wilkinson, convirtiéndola en una cinta contemplativa del mundo devastado por una pandemia y regresando a lo más básico para sobrevivir. Cómo llegó o cómo el apocalipsis no es lo importante sino en sus consecuencias. La cinta está llena de carreteras vacías, ciudades  abandonadas, hangares convertidos en refugios y extensiones naturales que recuperan lentamente el territorio que alguna vez perteneció al hombre. 

La dirección de fotografía de Erik Messerschmidt es preciosista en su sentido más puro, infundiendo a estos espacios desolados una cualidad física extraordinaria y épica. A través de su lente, vislumbramos un futuro reconocible precisamente porque no parece demasiado futurista. Incluso la decisión de filmar gran parte de estos paisajes en Italia en lugar de Colorado funciona como una licencia visual, transformando las montañas y valles europeos en una geografía de western crepuscular.

Elordi es el eje central de la película, y sorprende al dejar atrás el magnetismo juvenil que caracteriza a sus otros trabajos. En cambio, crea un personaje contenido y solitario, atrapado entre el duelo y la esperanza. Su interpretación es tan honesta al conocer a Cima que ella se convierte en más que un simple interés romántico; representa la posibilidad de intimidad después de la pérdida. Qualley aporta una vulnerabilidad serena y una fuerza que se transmite sin necesidad de grandes discursos, dándole a su relación un peso emocional más allá de lo sentimental. Para cerrar el círculo de ópticas sobre qué esperar de un futuro postapocalíptico, Brolin con Bangley, es la personificación misma de la paranoia que se necesita para sobrevivir. Esa disyuntiva entre Hig y él constituye uno de los grandes aciertos de la trama: ninguno de los dos hombres tiene completamente la razón. Hig necesita creer que todavía existe algo más allá del perímetro del hangar; Bangley sabe que ese “algo” puede matarlos. La narrativa funciona mejor cuando permite que ambas posiciones coexistan.

En definitiva, “La guerra de los últimos”no pretende reinventar el género posapocalíptico, pero sí encuentra una manera notablemente humana de habitarlo. La atmósfera construida por Scott convierte la película en algo cercano a un western posapocalíptico, donde su importancia no trata realmente sobre el final de la humanidad, sino sobre lo que podría comenzar después de él.