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“Lo que queda de ti” es un drama conmovedor, un retrato de la resiliencia familiar donde las heridas, contradicciones y afectos del pasado sobreviven como la última huella de una vida que nadie puede borrar.

“Lo que queda de ti”, escrita, dirigida y protagonizada por Cherien Dabis, llega a México después de un exitoso recorrido por festivales internacionales y una nominación al Óscar a Mejor película…

Por Andrés Naime27 de agosto de 20264 min de lectura
“Lo que queda de ti” es un drama conmovedor, un retrato de la resiliencia familiar donde las heridas, contradicciones y afectos del pasado sobreviven como la última huella de una vida que nadie puede borrar.

“Lo que queda de ti”, escrita, dirigida y protagonizada por Cherien Dabis, llega a México después de un exitoso recorrido por festivales internacionales y una nominación al Óscar a Mejor película extranjera por Jordania. Más allá de ser una ambiciosa saga familiar palestina que abarca varias décadas de desplazamiento, pérdida y resistencia, la película ofrece una experiencia íntima y profundamente humana. 

La trama multigeneracional, dividida en cuatro capítulos, comienza en 1988, durante la Primera Intifada motivada por la frustración colectiva palestina alrededor de la ocupación militar israelí de Cisjordania y la Franja de Gaza, que en ese momento estaba por llegar a su vigésimo aniversario, con el adolescente Noor (Muhammad Abed Elrahman) corriendo por las calles de Cisjordania junto a su amigo Malek (Rida Suleiman). 

La vitalidad de ambos muchachos contrasta con el ambiente tenso que los rodea hasta que Noor se ve envuelto en una manifestación frente a soldados israelíes. Los disparos rompen abruptamente la escena, y la historia se corta hacia Hanan (interpretada por la directora Cherien Dabis), la madre de Noor. Hanan rompe la cuarta pared para explicar que, para entender lo que le pasó a su hijo, primero hay que conocer la historia de su abuelo. 

La narración retrocede entonces hasta 1948, al barrio de Jaffa en Israel, donde conocemos al joven Sharif (Adam Bakri), propietario de unos prósperos naranjales, a su esposa Munira (Maria Zreik) y a su hijo Salim (el niño por Salah Aldeen Mai). Su vida familiar, todavía marcada por una sensación de pertenencia y estabilidad, queda destruida por la Nakba (el forzado éxodo palestino) que obliga a Sharif y a los suyos a abandonar su hogar. 

Décadas después, encontramos a un Sharif envejecido (interpretado ahora por Mohammad Bakri), viviendo en un campo de refugiados junto a su hijo Salim (ahora encarnado por Saleh Bakri). Salim, convertido en maestro y padre de familia, ha elegido la supervivencia cotidiana frente a la confrontación de su padre, mientras Hanan intenta mantener unida a una familia que parece condenada a heredar conflictos que comenzaron mucho antes de que sus integrantes nacieran. 

El conflicto vuelve a tocarle a Noor, primero como niño (interpretado por Sanad Alkabareti) y luego como adolescente, cuando la violencia política le arrebata la juventud y obliga a sus padres a enfrentar una pregunta desgarradora: ¿cómo proteger a un hijo en un mundo donde la violencia parece ser parte del día a día? 

Con esta estructura de saltos narrativos, Dabis entiende que detrás de cada acontecimiento histórico existen familias que tuvieron que aprender a sobrevivir, padres que transmitieron sus heridas a sus hijos y personas que, incluso en las circunstancias más adversas, continuaron enamorándose, riendo, trabajando y tratando de conservar alguna forma de normalidad. El guion podría resultar muy pesado y lleno de sufrimiento pero no, está armado más por momentos de humor, ternura, romance y pequeñas rutinas domésticas que adquieren un enorme peso emocional precisamente porque sabemos lo que está en riesgo. 

El viejo Sharif puede recordar con orgullo los naranjos que alguna vez pertenecieron a su familia; Salim puede bromear con su padre; Hanan puede preocuparse por sus hijos; una boda puede convertirse durante unos minutos en una celebración genuina. Son momentos aparentemente pequeños, pero Dabis entiende que ahí se encuentra el verdadero significado de la pérdida: no se pierde únicamente una casa o una tierra, sino también las conversaciones, los rituales y las posibilidades de futuro que existían dentro de ella.

Las actuaciones de todos los actores se sienten genuinas y auténticas. Dabis, en particular, destaca como Hanan, asumiendo un triple rol en la película. Su actuación es igualmente contenida y conmovedora, dando vida a una mujer que encarna el corazón moral de la familia. Su personaje de Hanan no es solo una madre que presencia el sufrimiento de los hombres que la rodean; es quien se esfuerza por mantener la empatía cuando la rabia amenaza con ser la única respuesta posible. 

Técnicamente*,* uno de los mayores aciertos de la cinta es la dirección de fotografía de Christopher Aoun. Logra contrastar magistralmente la luminosidad y belleza de Jaffa en 1948 con la austeridad evidente de los espacios de desplazamiento posteriores. Las escenas no son solo imágenes cautivadoras; son recuerdos vívidos y tangibles, como un territorio que los personajes atesoran incluso cuando ya no pueden regresar a él. 

En esencia, “Lo que queda de ti” es una historia profundamente conmovedora porque nunca confunde memoria con nostalgia. Para cada personaje, recordar es preservar lo que les fue arrebatado, cargar con una responsabilidad no elegida o descubrir que su identidad está moldeada por eventos anteriores a su nacimiento. La película podría haberse convertido en una historia dolorosa, pero en cambio, toma un camino diferente y culmina como un drama conmovedor, un retrato de la resiliencia familiar donde las heridas, contradicciones y afectos del pasado persisten como la última huella imborrable de una vida.