“Adolescencia, Sexo y Muerte en Campamento Miasma” es una cinta provocadora mezcla de terror psicológico, comedia negra y melodrama queer que utiliza las convenciones del género slasher de los 80s para hablar de algo mucho más profundo: la relación entre deseo, trauma, identidad y representación**.** La directora no binaria Jane Schoenbrun que saltó a la fama por la inquietante “Vi el brillo del televisor” vuelve a demostrar que el cine de género de terror puede ser, al mismo tiempo, refugio, pesadilla y herramienta de autoconocimiento.
Comenzando con un prólogo muy bien editado nos enteramos que “Campamento Miasma” fue un mega éxito cinematográfico del género slashers pero con el tiempo fue olvidada (obviamente una referencia directa a “Viernes 13”). De ahí la cinta arranca de lleno siguiendo a Kris Williams (Hannah Einbinder), una joven cineasta queer e introvertida con mucho talento, que recibe la oportunidad de hacer un reboot de “Campamento Miasma”, para revivir el interés perdido por la franquicia que se perdió después de varias secuelas y escándalos con sus protagonistas. Para Kris, este proyecto no solo representa una gran oportunidad en su carrera, sino que también le permite cumplir un deseo obsesivo: trabajar con Billy Presley (Gillian Anderson), la actriz que protagonizó la película original y se convirtió en su icónica “final girl”.
Motivada por esta oportunidad, Kris se adentra en los bosques cerca de Seattle para visitar la casa de Billy, donde ahora vive retirada, rodeada de misterio en el mismísimo campamento real donde se filmó la franquicia. El pasado de Billy, marcado por su repentino retiro, la ha convertido en un icono del género, muy parecido al personaje de Norma Desmond en “Sunset Boulevard”.
El encuentro entre ambas comienza como una negociación creativa sobre cómo volver a la historia de origen del asesino transexual de la cinta, la “Pequeña Muerte”, pero rápidamente adquiere una dimensión mucho más compleja. Kris proyecta sobre Billy sus propias fantasías, miedos y frustraciones, mientras Billy parece comprender que la fascinación de la joven directora no está relacionada únicamente con la película sino con ella.
A partir de ese punto, la “Pequeña Muerte” resurge y la película gradualmente abandona la lógica convencional de una película dentro de una película, adentrándose en un territorio donde realidad, fantasía y memoria se entrelazan. La atracción entre Kris y Billy se vuelve inseparable del imaginario sangriento que las rodea, y el antiguo campamento se transforma en un espacio mental donde las dos mujeres pueden confrontar lo que han reprimido durante años.
El pasado de Billy, incluida la experiencia de haber sido convertida en objeto de deseo y violencia por la industria del cine de explotación adolescente, se refleja en las dificultades de Kris para entender su propia sexualidad y vulnerabilidad. El relato desemboca en una explosión de violencia estilizada, erotismo y delirio que transforma los códigos del slasher en una especie de ritual de apropiación personal.
Este giro inesperado en la narrativa de Schoenbrun profundiza en su fascinación por personajes que buscan consuelo en imágenes sangrientas para escapar de una realidad incomprensible. El resultado es una película deliberadamente incómoda, sensual, extraña y profundamente personal. Mediante la iconografía del terror adolescente, la película cuestiona por qué tantas generaciones han aprendido a relacionarse con el sexo, el miedo y sus propios cuerpos a través del cine. Hay referencias del slasher clásico, pero también de un cine psicológico más abstracto, y esa combinación permite que la película funcione tanto como sátira de las franquicias de terror como reflexión sobre la manera en que el cine construye nuestras fantasías. La química entre Einbinder y Anderson es lo que sostiene buena parte del filme y permite que su dimensión psicosexual nunca se sienta completamente separada de su dimensión emocional.
En el aspecto técnico, la dirección de fotografía de Eric Yue imprime a los espacios del campamento de una cualidad simultáneamente nostálgica y amenazante. Cada encuadre mantiene esa sensación de inestabilidad y peligro, incluso usando el POV del asesino al acechar a sus víctimas, el cual resulta en un plano secuencia de puro gore mientras la “Pequeña muerte” mata a todos los consejeros del campamento al ritmo de la canción “A Long December” de Counting Crows.
A fin de cuentas, “Adolescencia, Sexo y Muerte en Campamento Miasma” es sangrienta, grotesca, divertida y sexualmente provocadora, pero debajo de sus excesos hay una historia sorprendentemente tierna sobre dos mujeres intentando recuperar el control de la narrativa que otros escribieron para ellas. Es todo lo que se podría esperar de una cinta de Schoenbrun, consolidándola como una de las miradas más originales del cine independiente contemporáneo, siempre abordando de forma constante la identidad trans, el aislamiento digital y el terror queer.





