Con “El final de Oak Street”, el director David Robert Mitchell abandona temporalmente las historias de terror íntimo para darnos una aventura de gran escala, pero sin renunciar a esa mirada extraña, inquietante y profundamente personal que caracteriza su cine. El resultado es un blockbuster de ciencia ficción que encuentra en una premisa sorprendente: un vecindario suburbano trasladado a un mundo prehistórico de la noche a la mañana.
Ambientada en una suburbia perfecta de los años 80, la trama se centra en la familia Platt, integrada por Denise (Anne Hathaway), Greg (Ewan McGregor) y sus hijos Audrey (Maisy Stella) y Brian (Christian Convery) en medio de un día común y corriente y conviviendo felizmente con sus vecinos.
Pero no todo es lo que aparenta. Greg sacrifica tiempo de calidad con su familia para ganar un dinerito extra repartiendo pizzas. Denise, por otro lado, escribe novelas en secreto, anhelando escapar de su insatisfactoria vida suburbana. Audrey sueña con estudiar en la Universidad Cornell con Carl Sagan, aunque sabe que no tienen los medios para pagarla. Mientras tanto, Brian es acosado por unos bullies y se mete en disputas constantes con los vecinos por las travesuras de su perro, llamado Starbuck.
Sin embargo, todo cambia de la noche a la mañana con un estallido repentino de ruido ensordecedor y una luz cegadora. La familia despierta en medio de un apagón; el aire se siente más cálido y denso, y una serie de ruidos extraños y disparos rompen la calma del entorno. Y aún cuando toma un tiempo, los Platt terminan dándose cuenta de la realidad y la gravedad de haber sido transportados a la prehistoria. La familia deberá evitar convertirse en el almuerzo de los dinosaurios y, al mismo tiempo, enfrentarse a sus secretos largamente guardados en un intento desesperado por regresar a su propia época.
Mitchell aprovecha el contraste entre la estética nostálgica de los suburbios norteamericanos y la brutalidad del paisaje prehistórico para crear una aventura que mezcla humor, tensión y una clara fascinación por el cine fantástico de los 80s. Se deleita en darnos una secuencia apasionante tras otra, atrapándonos con un dominio del suspenso perfecto y además construir grandes secuencias de acción. La trama transita con fluidez desde momentos de tensión que erizan la piel hasta picos de euforia que entusiasman al público, todo ello salpicado de giros inesperados que hacen que cualquier cosa parezca posible.
Hathaway le da a Denise una mezcla particularmente efectiva de vulnerabilidad, inteligencia y determinación, mientras que McGregor encuentra en Greg un personaje menos convencional de lo que parece a primera vista. La química entre ambos impulsa gran parte del componente emocional, y Maisy Stella y Christian Convery completan una dinámica familiar que hace que las amenazas prehistóricas tengan consecuencias dramáticas más allá del simple espectáculo. El reparto entiende que la película necesita personajes que puedan transmitir desconcierto y miedo sin perder el sentido del humor, una cualidad que contribuye significativamente a su tono de aventura familiar con un toque inesperadamente oscuro.
La dirección de fotografía de Michael Gioulakis transforma el vecindario en un espacio que a la vez resulta familiar y peligroso. El diseño de producción de Maya Shimoguchi crea un contraste cautivador entre la iconografía ochentera y la naturaleza salvaje que lo invade. La música de Michael Giacchino le imprime un toque aventurero, intensificando tanto los momentos espectaculares como los más emotivos.
En esencia, “El final de la calle Oak” es una oda a los sacrificios de los padres que mantienen unida a la familia. Es una aventura de dinosaurios con corazón, humor y suficiente extrañeza para sobresalir entre el resto de las cintas actualmente en cartelera. Y aún cuando está plagada de escenas visualmente muy originales, de gran energía y capacidad para sorprender, la película tiene su mayor acierto en profundizar en la negación y los secretos que pueden convertir los hogares en pantanos emocionales.





