“La muerte de Robin Hood” bajo la dirección de Michael Sarnoski nos recuerda que el cine encuentra su mayor fuerza cuando coloca a personajes aparentemente invencibles frente a aquello que más temen: ellos mismos. Y aquí tenemos una aventura medieval en todo su esplendor olvidando al héroe de ensueño y conocemos al verdadero hombre que se escondió detrás de la leyenda.
La trama arranca en la Inglaterra de 1247, donde en una campiña aislada una joven llamada Wainwright (Jade Croot) encuentra al legendario Robin Hood (Hugh Hackman), ahora un anciano solitario y atormentado por su pasado. Buscando vengar a sus parientes asesinados por él, Wainwright intenta matarlo, pero Robin la mata a ella y la entierra junto a otros que buscaron la misma venganza.
Con este violento inicio, nos queda claro que Robin Hood no es el joven arquero idealizado por las baladas populares, sino un forajido de verdad que por décadas se dedicó a realizar asesinatos, saqueos y batallas. Es en ese desolado lugar donde su viejo compañero Little John (Bill Skarsgård) quien ahora usa el nombre de Edward quien fuera su última víctima, va a pedirle ayuda ya que su granja enfrenta el ataque por parte de la familia del legítimo Edward al que le robó su tierra. Robin acepta ayudarlo a él y a su esposa Margaret (Katie Breen) y su pequeña hija Little Margaret (Faith Delaney), pero su pasado termina alcanzándolo.
El enfrentamiento deja a Robin al borde de la muerte, pero Little John lo lleva a una isla aislada donde nadie lo conoce. Ahí, la Hermana Brigid (Jodie Comer), una religiosa y sanadora compasiva, lo cuida y le salva la vida. En este lugar apartado, Robin empieza a reflexionar sobre las consecuencias de sus actos y la falsedad de la imagen heroica que lo rodea.
En esta introspección, Robin está acompañado por la Hermana Brigid, Little Margaret y dos hombres: Godwyn (Noah Jupe), un joven marcado por la pérdida y el deseo de venganza, y un misterioso leproso (Murray Bartlett) con quien establece una relación irónica y reveladora. A medida que avanza la historia, los fantasmas del pasado de Robin salen a la luz, revelando conexiones mucho más dolorosas de lo que jamás imaginó.
Lo más notable del guion de Sarnoski es su decisión de no retratar a Robin Hood como el ladrón que roba a los ricos para darle a los pobres. Sarnoski reconoce que desmitificar a un personaje popular no se trata solo de oscurecerlo, sino de obligarlo a enfrentar las consecuencias de sus actos. Este Robin Hood, nunca realizó hazañas heroicas, mintió sobre ellas para crear una leyenda que protegiera a él y sus banda para seguir saqueando y matando. Esta contradicción le da a Hugh Jackman la oportunidad de ofrecer una de sus actuaciones más contenidas y maduras.
La interpretación de Jackman del desgaste físico del personaje es notablemente económica en cuanto a la expresión. Cada movimiento parece costarle un montón, cada silencio guarda décadas de violencia, y cada mirada transmite la incómoda certeza de que el pasado es irremediable. Su vulnerabilidad es seca, sin sentimentalismos, pero profundamente humana. Además, la actuación sobresaliente de Comer será clave para juzgar las acciones de Robin.
En el aspecto técnico la dirección de fotografía de Pat Scola, quien filmó en película de 35 mm, convierte los escenarios naturales de Irlanda del Norte en un territorio que parece existir fuera del tiempo, mientras el diseño de producción de David Lee y el vestuario de Lorna Marie Mugan contribuyen a una atmósfera austera, oscura y bucólica. La música de Jim Ghedi acompaña brillantemente con cuerdas y baladas esta narrativa medieval sobre la muerte de su protagonista en una reflexión sobre culpa, violencia, identidad y redención.
A fin de cuentas, el gran mérito de “La muerte de Robin Hood*”* está en entender que la mejor manera de contar la muerte de una leyenda quizá sea quitarle precisamente aquello que la hizo legendaria. Sarnoski propone una elegía sobre el costo de la violencia y sobre la posibilidad de reconciliarse con una vida que ya no puede cambiarse. La película es una reflexión sobre culpa, violencia, identidad y redención.





